Hermosa, deliciosa, práctica, versátil. La polenta es uno de mis platos preferidos. Se amolda a distintas situaciones. Sirve para cocinar si llegamos tarde y necesitamos algo rápido pero también la podemos aprovechar para agazajar a alguien utilizándola para crear distintos platos. Ya sea en su presentación clásica o en cuadrados fritos, para hacer pizza. La polenta, siempre está, se amolda a casi todo y es nacional y popular.
Mi opción es:
Para seis personas utilizo una proporción de 3 tazas de polenta por 4 de agua y 4 de leche con un caldo y medio de verdura, o bien dos si nos gusta más saladita. Uso esas proporciones porque yo prefiero la polenta con mucho cuerpo. Si les gusta más líquida agréguenle, aproximadamente, una taza más de agua o leche.
Lo importante acá es no hervir los líquidos de entrada. En frío le van agregando, sin dejar de revolver con cucharada de madera, las tres tazas de harina en forma de lluvia (o si quieren junten las tres en un mismo recipiente para que sea más fácil el vertido). Con el líquido en frío evitan la formación de grumos.
Una vez que la harina de maíz ya está toda bien esparcida por el líquido, la llevamos al fuego moderado. No dejamos de revolver.
Como no estamos usando el agua y la leche ya hervidas va a tomar 10 minutos más o menos en que espese. No dejen de revolver. Como por arte de magia, esta harina, que en su formato original tardaba unas 16 horas en espesar, comienza a hacerse una pasta hermosa amarilla. Y listo.
Opcionales:
Queso: con el fuego ya apagado le podemos colocar unos pedazos de queso fresco adentro.
También podemos gratinarla: la colocamos en una fuente. La salseamos con el tuco o filetto que suelan preparar. Le agregamos el queso que más nos guste para gratinar o salsa blanca con roquefort; aquí jueguen son su imaginación, y la metemos dentro del horno precalentado en temperatura casi máxima un poco más de cinco minutos y voi-là.
Polenta gratinada con pedacitos de roquefort y perejil.
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